sábado, 9 de julio de 2011

Diana


Si le dijeran que es hermosa, no podría entenderlo. Porque está siempre sola en ese bosque interminable que no alcanza a recorrer completo por más que se esfuerce.

Lejos de cualquier interrogante, ningún mortal puede rescatarla de su dicha. Se siente presa, esquiva. La envalentona el dolor sin tregua de la libertad.

Entabla largas oraciones con la noche para no perderse en un lugar sin furia. Y permanece horas, días, en un punto, hasta que recordar se le vuelve injusto.

Los dioses le dijeron que su función ahí consistía en parir sueños, en desvelarse por la cría de animales y en bendecir la cacería de los fecundos. Ella obedece, dócil, como una recién nacida. Calma el dolor de las parturientas, libera a los esclavos, besa la frente de los niños dormidos para fortalecerlos. Sin querer es una madre que doblega jaurías e inocencias con la misma flecha.

A veces la sorprende un viejo amor mientras se baña en el río. Entonces claudica y por el instante en que dura la sorpresa, quisiera convertirse ella también en ciervo para seguirlo.

Hasta ser uno con su distancia.

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