sábado, 31 de diciembre de 2011

Caracalla


El emperador Caracalla, último representante de la dinastía de los Severos, admiraba los cuerpos en tensión que promete el deporte, las reuniones después de los juegos, la masculinidad ruidosa y los sitios donde esta prospera. Por eso mandó construir el natatorio más grande de la historia. Un gimnasio donde podía descansar alejado de sus ministros y consejeros, empapado en aceites relajantes y aguas confiadamente sazonadas con sales o hierbas para recuperar la tonicidad y la armonía. Allí estaban también los jóvenes que nimbaban su mundo de destrezas y confusiones.
Cuando mató a Geta, su hermano, luego de verlo morir, (una tristeza menor a comparación de todo el poder que le dejaba), el emperador se refugió en su gimnasio. Habló de contiendas y comparó mal las técnicas griegas de la lucha cuerpo a cuerpo, con el triunfo en un campo de batalla. Era un hombre tosco, al que nunca la piedra sobre la que tallaron su rostro encontró mejor correspondencia de dureza con el modelo copiado. Ni el mejor cincel pudo posar suavidades en las curvas robustas de su rostro.
Caracalla en persona seleccionaba sus mejores luchadores. Los sacaba de cualquier parte: de entre los prisioneros de las campañas y los parientes de sus ministros, de la bacanales imperiosas donde los esclavos se vestían con ropas de mujer y hablaban en sombras, de lo barrios más pobres de la ciudad donde la mugre se confundía con la ley. Compraba pastores con monedas antonianas por él impuestas, y revisaba su compra a la luz del sol, para observar mejor cómo el rayo lumínico torneaba la musculatura impúber de los elegidos.
Una vez lo vieron llorar ante la hermosura de un guerrero. Y aunque no se distraía relajando sus apremios de hombre en el lecho de ninguno de sus donceles, le bastaba evocarlos para que se volviera lloroso y callado.
Intentó ser justo pero los ciudadanos de Roma no entendieron su equilibrio y tuvo que huir a la Germania como un enfermo, desluciendo su templanza y su hombría. Cuentan que la noche antes del escape, el emperador tuvo un sueño. Se vio sumergido en las aguas termales de su baño, la claridad amarillenta entraba por los ventanales que daban al paseo. Un joven guerrero se escabullía con el sigilo de la traición y le cortaba la cabeza con las manos. Soñó que ésta seguía rodando un buen trecho y que antes de cerrársele la conciencia como un telón, el decapitado alcanzaba a ver un cuerpo exquisito reflejado en el agua de la luna. Se sintió agredido por el sueño y quiso olvidar esa angustia cuando despertó. Esmeró las obligaciones domésticas del matrimonio y la cacería; practicó humildades de plebeyo moliendo su propio trigo, cosechó silencios y evitó ovaciones. Pasaron meses en que no volvió a soñar nada inquietante.
Después vino la peregrinación al templo de la Luna en Carras. Macrino, su sucesor inmediato, tramó la emboscada. Contrató a un guerrero que seccionó la cabeza del emperador con un golpe limpio de acero. La destreza aprendida en las termas no afligió su espada. El cráneo de Caracalla rodó un trecho hasta quedar delante del cuerpo que dejaba, un cuerpo de gigante. Enorme hasta la lágrima.
Tenía 29 años.
P.D.: Feliz 2012 queridos amigos.

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