sábado, 7 de enero de 2012

Lecturas desde Sauce Viejo (I)


“El amor es atroz” de Mabel Pagano es la historia de una confusión y de un exilio dentro de esa confusión. La conflictiva identidad genérica de Gaby, el protagonista del relato, detona silencios que se convierten en la cara simbólica de un siglo. No hablar las cosas da la sensación de que estas nunca ocurren, que no pasa o no pasó nada. Se calman los errores, se emprolijan las faltas. En ese límite mudo se teje la desdichada historia de Gabriel Veronelli, el hermafrodita de cuerpo hermoso y ambiguo que trata de construirse un nombre a partir de los dos sexos que carga, ejes vertebrales del desprecio y la violencia doméstica que marcarán toda su vida.
Una madre que lo abandona, un padre que también se aleja, pero que vuelve periódicamente trovando su derrota de militar peronista caído en desgracia, una familia con tías que bisbisean “ese problemita” de su sobrino pero callan, y con tíos que lo buscarán sexualmente para entretenimiento ocasional y por supuesto secreto. La curiosidad que despiertan sus formas frágiles, su salud marica le cuadran bien a la hipocresía de una familia que es al mismo tiempo, la representación de un país donde la política se emparenta con la desesperanza. Inmigrantes que añoran su tierra y los años en los que se pensó que la dicha era posible; prostitutas que parecen damas y damas que se mueven en el sórdido circuito de la prostitución; señores que buscan placeres esquivos y menores que peregrinan cuarteles donde se beneficia “oralmente” a futuros dictadores o a idealistas acorralados. Ese es el mundo que pinta Pagano de manera memorable: una Argentina de silencios que, como la vida de Gabriel, está a caballo entre la gauchada y el atropello, entre la tortura y la salvación. Una Argentina amada y odiada por sus habitantes, con los ojos puestos en París y las manos enterradas en los desperdicios del riachuelo. Una Argentina verseada de amores y encuentros apurados en obras a medio construir o en departamentos de eclesiásticos, adobada con prácticas aberrantes y amorosas, devorada con hambre de cariño y resaca de tipos que “se borran” tras la cama más feliz de sus muertes.
Asistimos a la mascarada de la masculinidad, a la discreción entendida como “tener códigos” del homosexual que sabe y calla, a la patética factura del hombre correcto, esposo fiel y padre ejemplar que en algún momento, en alguna curiosa tempestad de sentidos, hunde su egoísmo en la cama de un travesti. Y también, a la camaradería de los perseguidos, a la convivencia loqueril en cárceles inmundas donde se sobrevive a fuerza de tenerse entre sí, de contar con el de al lado que es como uno, que recibió los mismos golpes, que restaña las mismas heridas.
En la vida de Veronelli se aglutinan las vivencias de tanta gente que maduró su sexualidad con culpa, entre abismos y desiertos, tantos hombres y mujeres “usados” y descartados por la pulsión extrema de una hombría mal entendida y de un feminismo más rígido y bigotudo que el mismo machismo, por el entrevero esquivo de “acabar” en otro la impotencia de no ser uno mismo. Algunos, como Gaby, triunfaron; otros, otros muchos, se perdieron en ruinas de escándalo. La novela de Pagano también los rescata.
Afortunadamente la problemática gay en nuestro país, en gran medida se ha verbalizado. Pero faltan palabras para ocupar un silencio de siglos. Tal vez no sean suficientes los matrimonios igualitarios y las leyes que amparen un amor, u otro, o un tercero, y sobrevivan juzgadores que se muerden al avalar esas uniones o al firmar una sentencia de rectificación de nombre; tal vez no sea la manera más correcta censurar al idiota que vuelve la cara, para el horror o para la risa, al ver a dos lesbianas besarse en un subte, sino, más bien, valga apresar ese gesto como una ejemplificadora victoria; tal vez debamos reaprender los géneros para hablar de “género” sin caer en el suicidio de los extremos, de las parcialidades, de los automatismos y de las taxonomías paupérrimas.
Tal vez. Digo, para no arracimar palabras que oculten la palabra y sean una analogía del silencio que afortunadamente se ha comenzado a quebrar.

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