sábado, 17 de diciembre de 2011

Graciela Geller: In Memoriam


El pasado traza caminos inesperados. Una foto, la tapa de un libro, la firma borro-neada de una dedicatoria, aquella frase que en su momento nos conmovió pero que leída en el tiempo notamos que ha perdido fuerza, que los años la hicieron trizas o, al revés, pensamientos que cobran rigor ahora cuando nunca fueron importantes. Pistas, pasos perdidos.
Hace unos días, arreglando papeles y poniendo en orden (que es una manera de recuperarlos) esos textos que no se sabe si se tiene o se ha soñado que se los tiene, revi-ví parte de mis primeros años de escritor. Me dio ternura leer otra vez, al azar, pasajes de la obra de queridos amigos. Algunos ya no están con nosotros; otros, se dejaron caer en el silencio, acobardados, quizás, por esta tarea tan bellamente ingrata de seguir estre-llas.
Entre ese montón de palabras apareció el libro de Graciela Geller titulado “Sobre semen no hay nada escrito”. Una mañana la crucé en la peatonal y me dio la tarjeta de invitación. Me dijo:
-Presento mi libro. Te espero.
Yo recién terminaba mi carrera de Letras; eran años cargados de proyectos y de imposibles. Ahora me río de mi pedantería, pero allá, en esos días donde uno necesitaba encausar, mediante la profesionalización de un arte, tanto desborde creativo, asistir a la presentación del libro de una escritora reconocida en Santa Fe por lo jugada y lo trans-gresora, significaba asomarme a la puerta de un parnaso local al que, pensaba yo, pocos elegidos podíamos acceder. Quiero recalcar que nunca fuimos amigos con Graciela. Simplemente porque no se dio. El destino nos negó ese permiso. Y aunque critiqué mu-cho su obra, nunca la dejé de respetar como escritora y como docente. Tenía, y era muy valorable, una capacidad innata para relacionarse, para crear conexiones, base impres-cindible, ahora lo sé, de cualquier carrera artística.
De este texto, en su momento, opiné que era interesante y hablé con mucha serie-dad de él en las disputas de café con otros escritores. En la actualidad compruebo que sobrevive a la relectura aunque le encuentro ansiedades. A pesar de ciertos bajones de nivel entre cada cuento, subyacen espacios logrados, momentos donde Graciela alcanza una fibra lúcida y genuina desde la incertidumbre y el tanteo. Esos instantes salvan el libro. Ella también estaba construyendo un camino solitario, barrancoso, igual que el mío. Sola, como todos.
El título, aseveración rotunda y excluyente, impone un punto de vista y traza la sintaxis de una estética: “Sobre semen no hay nada escrito”. Aún ahora, campanillea en mí la ambigüedad tejida alrededor de la preposición “sobre” que, como cabecera de cir-cunstancial, promete una doble entrada interpretativa: (“sobre” por “referido a” y “so-bre” indicando “encima de”) Y traté de buscar en mi memoria qué más conozco yo que se haya escrito (dicho, vivido),sobre el “semen” como tema. Recordé un libro de Sara-mago, “Ensayo sobre la ceguera”, para mi gusto su mejor ficción, y tuve nítido el pasaje donde una de las prisioneras (justamente la que ve) obligada a practicarle sexo oral a su carcelero a cambio de comida, siente, al terminar, la presión del semen en su boca, pero humillada y todo, no se atreve a matarlo. Recordé la escena de la película “Los imper-donables”, excelente western de Clint Eastwood, cuando los forajidos ingresan al pros-tíbulo y una de las chicas se limpia entre las piernas antes de huir del tiroteo. Recordé a Nijinsky, el bailarín loco, que escandalizó a Europa cuando en “Preludio para la siesta de un fauno” se masturbó en el escenario para hacer más real la excitación de su perso-naje ante las ninfas. Trajiné frases de amor donde se nombra la sangre, los besos, la sa-liva, pero nunca al semen. Me di cuenta que no perdura nada escrito sobre el semen jus-tamente porque no es tema, sino que es parte de un tema, una posibilidad, un murmullo. La sustancia adquiere presencia simbólica preponderante como finalización de un acto, conclusión de un goce, reafirmación de una violencia. No se mantiene por sí misma, sino que requiere el acompañamiento de una exaltación que la valide, que la asocie con una prosperidad narrativa concreta.
Entonces busqué la otra manera en que se presenta el semen en el título: como su-perficie escribible, papel (¿en blanco?) encima del que se narran cuestiones femeninas, cartas y aforismos sobre esa cúspide dolorosa y fría, a la que se arriba a través del sexo porque sí, sin necesidad ni cambio, obligación intacta ante el poder masculino imperan-te. Campo prohibido, inútiles humedades que atrapan el paso de un apuro. Y corporizan la palabra.
Los textos rescatados fueron otros. Reparé en superficies que son complacientes con una poética del descarte y lo acabado. Me acordé de Perlongher que arriesgaba en “Hule”, su libro más melancólico y violento, una descripción salpicada de furia sobre el látex de los preservativos usados, poesía de visos decadentes, llena de miedo, sórdida y asfixiante, atmósfera prostibularia donde la homosexualidad remite a la opción de morir pronto antes que perdurar en un mundo hostil. Recordé la película de Peter Greenaway, “Escrito en el cuerpo”, estrenada en 1996 (mismo año de la edición del libro de Gracie-la), donde el protagonista usa su propia piel como soporte de un relato amoroso. Recor-dé uno de los mejores trabajos de Virus “Superficies de placer” con su tapa tan elocuen-te de unos glúteos firmes y caricaturescos que ponen el placer a prueba. Por último, re-cordé a un Lugones exaltado de amor, ya viejo, jugándose su última seducción al en-viarle cartas eróticas a una alumna firmadas con sangre o con semen, y repetí las pala-bras de uno de sus “Doce gozos”:”Se apagó en tu collar la última gema/ y sobre el bro-che de tu liga crema/ crucifiqué mi corazón mendigo”.
En fin, este libro de Graciela tuvo y tiene como valía fundamental la de imponer tema cuando los que hay no alcanzan y, esgrimiendo la audacia de ir más allá, proponer como soporte escritural de las historias, a la sustancia continente de la vida, la que divi-de los géneros, la que fructifica la contienda perpetua de dominio y resistencia en la que se cifra la condición humana.
Vi, además, que los textos dispersos y recuperados (míos y de mis amigos), los momentos vividos allá, cuando fuimos nosotros realmente, esas intenciones románticas de cambiar algo a través de nuestra literatura, esos anhelos volátiles y procaces (pura adolescencia de ideales más bien que puro ideal adolescente) fueron limitados pero pro-fundos. Nos marcaron para siempre.
Y sobre ellos tampoco se había escrito nada.

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